dijous, 7 de maig de 2015

LLIÇÓ INAUGURAL DE LES IX JORNADES D'INSTITUTS HISTÒRICS IMPARTIDA PER MIQUEL ÀNGEL LIMÓN PONS EN COMMEMORACIÓ DEL 150 ANIVERSARI DE L'IES JOAN RAMIS I RAMIS

Educación, sociedad y burguesía: El Mahón que hizo posible el instituto

El instituto de segunda enseñanza Joan Ramis i Ramis de Maó, y junto a él Menorca entera, conmemora una efeméride de gran volumen temporal: el sesquicentenario de su fundación administrativa (1) en el curso académico 1864-65. Nada menos que ciento cincuenta años conforman el historial del centro docente (2).

Lejos, sin embargo, de encontrarnos ante una mera retahíla de años —monótona y cansina—, semejante cúmulo de tiempo corre paralelo a un fecundo haber de valores culturales y educativos, sembrados durante más de 55.000 días. No hay sólo una apariencia de años encadenados, sino también la auténtica conformación —profunda y sólida— de una obra pedagógica de siglo y medio. He ahí lo que merece ser resaltado y aplaudido; he ahí el núcleo verdadero, capaz por sí solo de explicar por qué la minúscula isla menorquina, muy inferior a cualquier barriada de capital mediana, hubo de experimentar una historia social, económica y cultural francamente superior a muchas localidades de igual o mejor entidad.

No quisiera caer en ninguna fatuidad de signo etnocéntrico; ni tampoco cometer la ridiculez conceptual de airear patrioterismos localistas que creen que la tierra de uno es un dechado de méritos soñado por el mismo Dios al crear el mundo. Ahora bien: que la milenaria historia de la isla de Menorca ha dado hechos excepcionales, no hay margen para la duda, a pesar de su evidente pequeñez. Recordaré, sumariamente, algunos hitos simples pero significativos, que quizá se explican por un factor de fuerza arrolladora. Hablo de la insularidad, y, con ella, del enérgico instinto de lucha, a veces hercúlea, contra las limitaciones congénitas que lleva aparejadas. Menorca fue el primer lugar del territorio español en llevarse a cabo prácticas médicas de vacunación (1800); un mahonés fue el primer erudito español en redactar un tratado de arqueología en lengua castellana (1818); Menorca, en cumplimiento de la libertad de cultos reconocida en la primera gran constitución democrática española de 1869, fue la tierra que, en primer lugar, vio fundarse una iglesia evangélica y la circulación de la primera publicación periódica consagrada a ese credo dentro de la hemerografía general del Estado español. De igual manera, Menorca ha sido una isla pionera en las Baleares a la hora de establecer la economía de signo fabril y de producción capitalista (1856); y ha sabido crear sectores productivos, aun careciendo absolutamente de materias primas que facilitaran el desarrollo. Y así, los menorquines han sido zapateros sin disponer de curtidos de ninguna clase; o se han hecho bisuteros y metalúrgicos de pasmosa exportación sin tener metales a mano ni minería alguna que explotar. En realidad, Menorca, a primer golpe de vista, es un lugar de piedras y viento, geológicamente diezmada por una agresión climática pertinaz. Y, sin embargo, esa misma Menorca que no parece prometer la felicidad del edén, ha resultado ser un peñasco de gente arrojada, de titanes contra la adversidad, y de firme, de agreste combate contra las limitaciones. De esa lucha absolutamente desigual se han desprendido frutos plausibles —incluso inauditos. Que en el año 1864 se aprobara un decreto para dotarla de un centro de enseñanzas medias, reglado y oficial, supone una de tantas rara avis que se han visto cruzar por los cielos de la historia insular; pequeña, sí, pero intrépida y, a veces, portadora de bienes excepcionales.

La importancia del sesquicentenario del instituto salta a la vista gracias a la elocuencia que le otorga el peso de esos ciento cincuenta años de historial estable y persistente, siendo como es la España contemporánea un obstinado ejemplo de vaivenes, ahora adelante, ahora atrás, en todos los órdenes de la vida nacional. Desde las Cortes de Cádiz de 1812 hasta el presente, salvando cuanto de salvable merezca el statu quo de nuestros días inmediatos, quedan perfectamente corroboradas las palabras de aquel periodista socarrón, observador y preclaro que se llamó Josep Pla. Se lamentó una y mil veces el escritor catalán de no haber podido vivir, por desgracia, en una nación «exactamente consolidada», a la manera francesa, británica o italiana. La improvisación y las fracturas reincidentes de la historia contemporánea, el demoler hoy lo construido ayer, le provocaban una pena enervante y desahuciada, hasta límites definitivos.

Muy otro sería, por contraste, el juicio que le hubiese merecido la trayectoria impecable del instituto de secundaria de Mahón, desplegada sin quiebras ni tropiezos en el pecado español de Penélope, la heroína de la épica de Homero que tejía por la mañana el sudario que destejía de noche.
En origen, el instituto de Mahón fue en sí mismo un caso extraordinario de singularidad y de excepcionalidad. Aunque, en su momento, se dieron varios casos análogos en el territorio del Estado (3), no podemos dejar de subrayar que el de Mahón fue creado a contracorriente; incluso, contraviniendo las disposiciones de la política educativa de las autoridades gubernamentales. Aunque legalmente, a Mahón, no le correspondía recibir el derecho a esa dotación escolar, la sociedad mahonesa, por la contumacia de sus dirigentes municipales, acertó a poner la pica en Flandes, para asombro de propios y extraños. Una nítida mentalidad liberal y una muy fortalecida burguesía urbana fueron —según procuraré explicar— los detonantes del triunfo educativo que supuso la obtención legal del instituto.

Mi intención es dibujar el retrato básico de la sociedad menorquina de mediados del siglo XIX que hizo posible la conquista de un instituto de secundaria. Vayamos a ello.

Al arrancar la década de los cincuenta de la decimonovena centuria, Menorca ofreció indicios de superación de lo que la historia local ha denominado la “gran depresión”. Menorca, en efecto, empezaba a liberarse de las ataduras de veinte años de postración general y absoluta, dominados por el hundimiento del modelo económico principal; y, por ello mismo, empujada a la emigración masiva de los grupos sociales de mejor edad laboral y en su hora de óptima fertilidad. Es decir: que se veía en ese trance negativo en el cual la emigración desposee a los pueblos de la mano de obra apta para el trabajo y, encima, perdiendo esperanzas de natalidad, por tratarse de la población en edad de procrear la que abandona el lugar. Sobre el eje cronológico, los años de ese traumático período fueron de huella muy profunda. Detallemos los puntos cronológicos.

1820. Las autoridades españolas decretan la prohibición tajante de la importación de cereales extranjeros. Con la idea de proteger los granos castellanos, se cierran las aduanas a cal y canto para el negocio de reexportación cerealística. El hecho fue trágico para los menorquines, que habían acometido una transformación del sistema económico arcaico y de base agraria para la subsistencia propio de la Edad Moderna, a favor de esa nueva fuente de riqueza, desarrollada en la segunda mitad del siglo XVIII, socialmente envueltos en una atmósfera ilustrada, y favorecidos por la adscripción de la soberanía de Menorca al naciente imperio británico. Cabe recordar que, en 1802, cuando la isla fue jurídicamente devuelta a España (Paz de Amiens), los menorquines tuvieron acuciante urgencia de solicitar al Gobierno de la nación que repusiera la franquicia comercial de que disfrutaban con los ingleses, suprimida por disposición del conde de Floridablanca en el momento mismo de la llegada española sobre la isla. Pero la gran pujanza comercial, origen de la riqueza burguesa y de la consolidación misma de esa clase social eminentemente negociante y productiva, cayó en picado. Hubo que esperar al Trienio Liberal —véase ahí un cierto sarcasmo— para experimentar el dolor terrible del decreto de prohibición cerealística del 5 de agosto de 1820 con que se vio truncado el modelo económico floreciente (4). El pronunciamiento militar del general Rafael del Riego que recuperó el régimen liberal para España, propició que las Cortes, con una representación mayoritaria de los terratenientes castellanos y andaluces, promulgaran la prohibición importadora. El proteccionismo de los cereales castellanos acabó imponiéndose. Se salvaban del mercado, sí, las cosechas peninsulares, pero Menorca se precipitó al abismo económico, porque la gran riqueza, desde el siglo anterior, provenía de la explotación del comercio exterior llamado de reexportación. En ese mismo contexto, también se vieron arrastradas a la penuria las consiguientes actividades náuticas y mercantes. La decadencia, entonces, fue abrumadora.

Demográficamente, siguió a todo ello la sangría de la emigración. A partir de 1830 (segunda fecha clave de la gran depresión), tras la conquista francesa de Argelia, las tierras africanas fueron la válvula de escape de la miseria insular. El puerto de Mahón había actuado como centro logístico en la campaña de ocupación militar de Argelia. Así, atrapados en el hambre, los menorquines se sumaron enseguida a la avalancha colonizadora. Si el año de la entrada francesa en la ciudad de Argel (1830) Menorca tenía 38.000 habitantes, en 1847, a causa del flujo migratorio, se redujo hasta los 29.000, con una pérdida del 27% de la población. Un cronista anónimo de El Noticiero Balear, un diario vespertino de Palma de Mallorca, dejó escritas estas palabras desoladoras, en una visita periodística efectuada a Menorca el 5 de agosto de 1847: «Mahón presenta un recuerdo de lo grande que ha sido, pero en el día no es más que una población desierta, viéndose en casi todas las calles nacer la yerba por entre los empedrados, efecto del poco tránsito por causa de la mucha emigración que ha habido desde algunos años. Sin embargo —añade el gacetillero en un esfuerzo por buscar elementos plausibles—, la limpieza de las calles y casas, tanto en su interior como exteriormente, es sin igual. Aquel puerto, el primero tal vez de toda Europa, se halla sin concurrencia de buque alguno, a no ser por alguna rara casualidad. A un lado de él se ven las ruinas del castillo de San Felipe, destruido por el duque de Crillón, que demuestran la formidable fortaleza que ha sido. Al lado opuesto, el tan celebrado lazareto, que puede contarse por una de las maravillas del mundo […]. Más allá, se ve el hospital militar y el arsenal, pero todo desierto, sin ver otras personas que las que cuidan de dichos establecimientos» [El Noticiero Balear, Palma, 13-8-1847, nº 34].

Sólo la atarazana naval mantenía ciertos niveles positivos. Entre 1820 y 1850, en el arsenal de Maó se construyeron sesenta embarcaciones, entre corbetas y fragatas mercantes, con un total de 4.000 toneladas de registro en conjunto. El hecho, sin embargo, no podía contrarrestar el decaimiento económico general, ni la pérdida demográfica. En puertas de los años cincuenta, la caída de población aún se cifraba en el 22%, respecto de los mejores registros del primer tercio de la centuria.
Dos hechos vinieron a paliar el funesto panorama. De un lado, los planes del Estado de fortificar de nuevo el puerto de Mahón con un proyecto literalmente faraónico: el castillo militar de La Mola. Y de otro lado: la convicción de las clases económicamente más dinámicas, persuadidas de que potenciar las posibilidades del puerto anunciaría la prosperidad, el trabajo y la riqueza social. Como síntesis de ambos factores, estamos en una hora en la cual se experimenta una revalorización del puerto de Mahón como enclave de especial interés estratégico nacional, en buena parte avivada por el miedo de Madrid a perder de nuevo la soberanía de Menorca. El hecho dio pie inmediatamente a unos primeros pálpitos de progreso y de despegue económico.

El Balear, otro vespertino de Palma de Mallorca, escribió en 1848: «Al fin parece que la triste situación de Menorca está siendo objeto de la solicitud del gobierno, cuyas recientes disposiciones a favor de aquella interesante isla no pueden menos de aplaudir cuantos lamentaron que se viese, hasta poco tiempo hace, abandonada al influjo de fatales circunstancias. Los menorquines, y especialmente los mahoneses, más necesitados aun de protección que los demás habitantes de la segunda balear, comienzan a sentir ya algún alivio en su desgraciada suerte, merced a las obras de fortificación que, ocupando un crecido número de brazos, arrancan otras tantas familias a la miseria, a la presencia de una guarnición respetable que, atendiendo a la defensa del país, aumenta el consumo de los artículos de primera necesidad y a otras medidas, como la construcción de un buque de guerra que, con ventajas del Estado, entretendrá y evitará que se aniquilen completamente algunos ramos de industria en que gran parte de estos isleños cifraba su subsistencia. Con estas, más que con otras disposiciones, creemos que logrará ponerse coto a la emigración y que vuelvan tal vez a su patria muchas familias honradas y laboriosas que, arrastradas por la necesidad, hubieron de abandonarla con el más profundo dolor […], para reanimar enteramente aquel desgraciado país, cuya decadencia no alcanzan a figurarse los que no lo han visto y los que sólo conocen la parte exterior de su abatimiento» [El Balear, 5-6-1848, nº 4].

Baste referirse, en prueba del testimonio periodístico anterior, a las obras de la formidable fortaleza de La Mola, inauguradas en 1852 según un proyecto técnico del general de ingenieros Celestino del Piélago y Fernández de Castro (1792-1880), pero cuya conclusión se prolongó hasta finales del siglo XIX. La gigantesca obra militar se había evaluado en una inversión de 93 millones de reales: una fortuna fabulosa para la época; aunque, claro, no llovieron como el maná de Dios en una sola noche. Lejos de semejante privilegio, la inyección inversora se mantuvo en el curso de todo el siglo. El 18 de mayo de 1864, el general Francisco de Paula Vassallo y Moriano, que representaba los intereses políticos de los menorquines en el Congreso de los Diputados, lanzaba sobre el hemiciclo esta pregunta retórica: «¿Y cuánto es lo que se ha gastado hasta el día? Diecisiete millones de reales. Por la diferencia que hay entre 17 y 93 podrá calcular el Congreso cómo podrá estar la isla en lo que hace a su defensa» (5). Sea como fuere, nadie dudaba que, más allá de asegurar la inexpugnabilidad de una isla pretendida por las potencias navales de Europa, aquella obra constituía una fuente constante de dinero público que daba trabajo. En buena parte, fue un capital que ayudó a frenar la emigración, hasta el punto de convertirse Menorca en polo de atracción de la mano de obra foránea desocupada, sobre todo de origen ibicenco.

Si abrimos las páginas del periódico barcelonés El Áncora del año 1850 (por más señas, publicación católica y conservadora) leeremos esta sustantiva nota informativa: «El gobierno español ha resuelto reforzar las fortificaciones del puerto de Mahón en las islas Baleares, a cuyo fin se ha destinado por el Ministerio de la Guerra la cantidad de medio millón de reales, y la Diputación provincial ha ofrecido para el mismo objeto otros diez mil duros. La causa plausible y manifiesta de estos trabajos es el deseo de remediar la miseria terrible que sufren algunos pueblos de las islas Baleares; pero, en el estado de agitación que ofrece la Europa —apostilla el cronista—, bien se puede suponer que alguna idea de gobierno y de política preside el mejoramiento de las fortificaciones del codiciado puerto de Mahón» [El Áncora, 11-6-1850, nº 162]. Sólo siete días después, el mismo diario añadía que el Gobierno había señalado 25.000 duros para proseguir la fortificación del cabo Mola. «Hay orden —afirmaba— para montar inmediatamente la primera batería que domina la boca del puerto. Prescindiendo de las miras políticas que hayan podido dar origen a esa medida perentoria, es la misma un gran socorro para dar ocupación a los brazos ociosos, que son inmensos a causa de la desgraciada cosecha, ocasionada por una sequía que se prolonga desde el mes de enero. Sin ese socorro, aumentado todavía con cuatro mil duros para atender a los trabajos de los caminos, iba a ser más espantosa que nunca la emigración de estos moradores. El mismo día que llegaron tan plausibles noticias —concluye— había salido un barco para Argel con unos cien emigrados» [El Áncora, 18-6-1850, nº 169].

Fue así como, al iniciarse la sexta década del siglo, Menorca hubo de experimentar una transformación esperanzadora, gracias a la reactivación del tráfico mercante y comercial con el exterior. El dinero público volvía a fluir en la isla. La demografía, por su lado, se situó en los 35.000 habitantes, a los que se sumaban los 2000 o 2500 militares de guarnición (un 5% de población añadida). Se estaban consolidando, además, los cimientos de la industria de base aún artesanal, incluso de escasa inversión capitalista, pero de efectos irreversibles para afianzar el modelo burgués. A comienzos de los años cuarenta y cincuenta, el trigo y los productos agropecuarios (como lana, queso, carne…) representaban la mayoría de las salidas comerciales por vía marítima. Pero hacia los sesenta, el calzado y los tejidos de algodón (producidos éstos en la primera industria netamente capitalista menorquina fundada en 1856, llamada «Industria Mahonesa») ya representaban el 60% de los valores exportados. De ahí que nos hallemos en el umbral de una nueva era económica (6). Se había pasado de una producción manufacturera dirigida al mercado interior, con pobres excedentes comercializables, a producir para los mercados exteriores, incluidos los extranjeros, entre los cuales va a sobresalir pujante el de Cuba, con crecimientos constantes en el sector zapatero hasta el Desastre colonial del 98. Ni que decir tiene, claro, que también había empezado ya el tránsito social de la Menorca estamental a la Menorca de clases, bajo un predomino de dinamismo económico encarnado en la burguesía, aunque —cabe subrayarlo— sin carácter homogéneo, ya que sus intereses también fueron diversos; y, por lo tanto, con visiones políticas también distintas: unos burgueses presentarán tendencias pro monárquicas, y otros, pro republicanas, mientras que, ciertos núcleos, quedarán alineados incluso en una ardiente adhesión al republicanismo federal de Pi i Margall.

Grandes síntomas de progreso, asimismo, se pusieron de manifiesto con la creación de la primera línea regular de pasajeros y mercancías por vía marítima, que enlazaría Menorca y Barcelona con escala en Alcudia. Fue en el año 1854, gracias a una iniciativa plenamente local de inversores mahoneses, bajo la denominación mercantil de Sociedad del Vapor. O el establecimiento de los primeros enlaces telegráficos con Mallorca y la península (1860), esenciales de todo punto para una correcta administración empresarial y económica —y no menos, para dar seguridad al mantenimiento de un modelo insular de prensa periódica.

También en el campo financiero se habían abierto expectativas nuevas. Carente Menorca hasta entonces de una auténtica estructura de banca —descontado algún despacho de préstamo de capitales—, los primeros negocios bancarios irrumpieron en el panorama insular. En el verano de 1864 se había formado en Palma el Banco Balear, cuya suscripción de acciones llegó hasta nuestra isla. A través del despacho de Joan Taltavull García —de otro lado, el creador de la compañía de vapores— se hizo un importante cubrimiento de 620 acciones adquiridas por inversores de Mahón y de 30 de la vecina Villa Carlos. «Tan halagüeño resultado prueba inequívocamente lo bien recibida que ha sido en esta ciudad una institución —escribía la prensa local—, tan útil como ventajosa y de inmenso porvenir, así como la feliz y loable idea de hacer partícipes en ella a los baleares todos […]» [El Diario de Menorca, 16-7-1864, nº 1725]. La opinión pública, en concordancia con la interpretación que de este mismo hecho formulaba el periodismo de esos años, tenía convicción plena de que crear un aparato de banca para la isla era beneficioso, ya que generaba vida económica, extendía la industria, fomentaba la agricultura y era capaz de imprimir fuerza al comercio, en la medida que «les facilita medios para todas sus transacciones», leemos en otro comentario periodístico [El Diario de Menorca, 26-10-1864, nº 1810].

Fueron también esos años sesenta los que registran las primeras inversiones públicas en carreteras a cuenta del Estado, cuando, en el pasado, siempre habían recaído en las arcas municipales. Para empezar, se ejecutaron sendos proyectos de mejora en las vías de Mahón a Sant Lluís y de Mahón a Es Castell; y se definió un macroplan viario previendo un nuevo trazado para la carretera longitudinal que une Mahón y Ciutadella, la auténtica columna vertebral del mapa insular de carreteras.
Incluso en el orden social se registraron mejoras notables. El 1 de abril de 1865, apenas unos pocos días antes de la inauguración del instituto el día 27, comenzó a aplicarse un instrumento de amparo social pionero: la Beneficencia Domiciliaria de Mahón, piedra angular de la historia de los órganos de protección social implantados en la isla. La Beneficencia fue determinante y definitiva para acabar con la mendicidad pública —o, como se decía entonces, la imploración de la caridad pública.
Sin embargo, el desarrollo cultural pecaba aún de grave estancamiento. Sólo el 26% de la población sabía leer, y sólo el 21’5% leía y escribía, si bien contrastaba con el 15% del conjunto del archipiélago balear. A comienzo de los cincuenta, ningún centro de enseñanza ofrecía estudios secundarios. Hubo que esperar al año 1855 para establecer legalmente la Escuela de Náutica de Mahón, y a 1858 para que abriera el Seminario conciliar en Ciutadella.

Algunos núcleos de la burguesía dominante fueron muy conscientes de la estrategia a seguir. Menorca necesitaba perentoriamente la creación de las enseñanzas medias. De ahí que presionara una y otra vez, hasta ver concedida una escuela oficial de náutica, que fue el primer antecedente estable, umbral, a corto plazo, para la fundación de un instituto, en una primera etapa con carácter de centro libre y luego, oficial.

Estamos, a manos llenas, en unos años fructíferos. En 1858 se había fundado El Diario de Menorca, que supuso el hito definitivo de la constitución de empresas periodísticas para la isla. Desde ese año, Menorca nunca más se verá privada de la circulación de una u otra cabecera de prensa. La máquina de vapor ya había sido adoptada, no sólo para accionar los telares de la industria textil de 1856, sino como fuerza motriz para los molinos harineros (1859) y lo será más tarde para los primeros ensayos mecánicos en la fabricación de calzado (1885). Y todo ello, aupado sobre la fama de sociedad melómana, de gustos diletantes, bajo el reclamo insigne que suponía la plena vida escénica y operística del Teatro Principal de Mahón, levantado en 1829, con una antigüedad, por lo tanto, superior al Real de Madrid o el Liceo de Barcelona.

El descubrimiento, por parte de los menorquines, de las enseñanzas medias y de sus múltiples beneficios sociales, tenía, sin embargo, un origen anterior al advenimiento del Estado liberal. Trabajos muy bien documentados (7) los sitúan en los años finales de la Menorca Ilustrada del XVIII, y los prolongan hasta los primeros años del ochocientos. En todo caso, cuarenta o cincuenta años antes de las legislaciones pioneras de Pedro José Pidal (1845) y Claudio Moyano (1857).

Recordaré, sólo a título fugaz, que en septiembre de 1795, en el convento franciscano de Jesús de Mahón, el fraile Miquel Taltavull abrió el primero de tres años de un ciclo de enseñanzas medias, dirigido a adolescentes hijos de comerciantes, de profesionales intelectuales (abogados, escribanos, médicos y boticarios) y de propietarios rurales. Recibían lecciones de lógica, metafísica, ética y física, cuyas nociones —advertía el maestro— deberán ser resueltas a través de la experimentación y la razón, sin caer en argumentos de autoridad. Y bien, cuando este plan de estudios comenzó a aplicarse en la ciudad de Mahón, estábamos a sesenta años vista de la fundación de la Escuela de Náutica, la raíz primigenia del instituto de secundaria cuyo aniversario hoy evocamos.

Otros intentos, entretanto, procuraron abrirse campo, como fue el caso del llamado Colegio de Distinción, fundado en 1813 por un aristócrata sapientísimo, natural de la Alta Stiria austríaca, llamado Carlos Ernesto Cook, un perfil de soberbia formación en ciencias naturales y físicas, en música y materias clásicas, luego figura principalísima en la irrupción de la mentalidad romántica en Cataluña, en donde se estableció a partir de 1816, ya casado con una joven mahonesa. Aunque el colegió acabó cerrando por el traslado de Cook a Barcelona (8), lo cierto es que la semilla se mantuvo viva; y con el paso de los años no fue sino acrecentándose la apuesta social para asegurar el establecimiento de los estudios. A todas cuantas familias mantenían intereses económicos en la marina mercante y en los negocios navieros, la reivindicación les resultó incansable y urgente. Fue esa franja social la primera interesada en dotar a Menorca de una escuela oficial que formara a los futuros pilotos del mar, garantía de la estabilidad de los negocios familiares y de la creación de riqueza económica (9). Sin asegurar una buena formación de cuadros, socialmente no habría progreso factible para los menorquines. Pero resultaba deseable que esos estudios pudieran ser seguidos en Menorca mismo, sin la carga onerosa de mantener a los hijos fuera de la isla mientras duraba el ciclo académico. En la misma línea de pensamiento expresada en los principios educativos del Plan Pidal de 1845, también la burguesía mahonesa se hallaba persuadida del valor de las enseñanzas medias. Para poder abordar con una calidad mínima esos nuevos rumbos —según se desprende de la filosofía en que se inspiraron Pidal y su equipo—, hacía falta contar con futuros cuadros medios de la sociedad, aquellas personas capaces de organizar y dirigir las industrias, de promover el comercio moderno, de reorganizar y dirigir las nuevas instancias políticas; de convertirse en buenos expertos en las distintas profesiones, de participar con éxito en los renovados modelos de la economía, y de extender la cultura a capas más amplias de la sociedad. En definitiva, de asegurar el triunfo de la burguesía, aquella que se creyó llamada —quizá con motivo— a liderar y a sostener la sociedad del liberalismo.

La enorme fortuna de los menorquines fue que, semejante ideario, acabara impregnando también las proclamas de los partidos políticos locales y los compromisos públicos que ventilaban los aspirantes a la función pública, empezando por los dirigentes de la administración municipal. Y así, tenemos que las décadas de los años cuarenta y cincuenta son una abundante crónica municipal porfiando por un centro profesional de náutica, que era la orientación específica que se reclamaba para las enseñanzas medias en Mahón.

La Escuela de Náutica, pues, se fundó por Real Orden del 15 de abril de 1855, y su labor docente se prolongó hasta el cierre en 1869, cuando ya coexistía con un colegio privado de secundaria, sostenido con fondos públicos del Ayuntamiento, autorizado en el curso 1864-65. La ley general de educación de Claudio Moyano, promulgada el 9 de septiembre de 1857, en lugar de consolidar el centro de náutica que ya existía en la ciudad de Mahón, vino a dejarlo en vía muerta. A medio plazo, sin embargo, reanimó la reivindicación de un instituto, ahora en su concepción plena como centro docente de enseñanza secundaria. Es bien sabido que el texto legal de Moyano no recogía, en sus listados, la escuela náutica que operaba en Menorca, de manera que, a partir de la nueva ley, quedaba sujeta a los organismos municipales de enseñanza primaria, apartándola de la sección de escuelas especiales que estaban vinculadas a la Universidad de Barcelona. El aparente trance negativo sirvió, en realidad, para realimentar a los políticos y a las clases dominantes de Mahón, empecinados ahora en sacar buen provecho a los cambios a que daba lugar la ley nacional.

No hay mal que por bien no venga, afirma la sabiduría popular. Pues bien: dicho y hecho. Mahón se rearmó aún más si cabe para reclamar un centro de enseñanzas medias tal y como venían definidos en el nuevo marco legal. Menorca no era cabeza de provincia, de modo que no reunía uno de los requisitos medulares de la ley. Pero cabía la excepción si se solicitaba lo que se dio en llamar “centro privado”. Esa fue enseguida la fórmula adoptada, a través de la cual —con gran acierto histórico— se procedió al establecimiento del nuevo centro educativo. El titular único no recaía en manos privadas, sino en las del Ayuntamiento, que arrostraba todos los gastos, con alguna subvención proveniente de los presupuestos de la Diputación provincial.

Conviene pararse un momento en el papel de la Diputación de las Baleares. En un punto dado del complejo proceso, afrontar la carga presupuestaria de un eventual colegio privado hubo de quedar pendiente, a cara o cruz, del compromiso que estuviese dispuesta a asumir aquella institución administrativa. La solución legal, estaba resuelta (se optaría por la vía del colegio privado, de titularidad municipal); amplias capas sociales de Mahón apoyaban la idea con todas sus fuerzas; pero faltaba asegurar la capacidad financiera del proyecto. Por sí solo, el municipio no llegaba a cubrir la totalidad de los gastos ordinarios. Se imponía, pues, alguna subvención que sólo la Diputación provincial podía proporcionar. La pelota se situaba, pues, en su tejado.
Así fue cómo en el verano de 1864 se expandió por la ciudad de Mahón una atmósfera de gran expectativa. Fue designada una comisión oficial, que encabezó el subgobernador insular en persona, el estimadísimo Fermín Abella Blave, con la misión de acompañar a Palma a los dos diputados provinciales del distrito de Menorca, el mahonés Jaume Moncada i Soler, y el alaiorense Diego de Salort i Salort. Los tres se embarcaron rumbo a la capital el 3 de agosto, aupados por los aplausos de una concentración ciudadana que, reunida en la plaza de la Constitución, expresó a lo largo del trayecto hasta los muelles el calor popular a la tarea que llevaban encomendada. Aseguró un cronista que la manifestación ciudadana que se vivió era una auténtica representación «de todos los estados de esta población». El objeto del viaje era negociar una aportación económica suficiente de la Diputación. Ya contaban con el respaldo del Gobernador provincial, la máxima autoridad del Estado en las Baleares; y la del director del Instituto Balear, Francisco Manuel de los Herreros, hombre cultísimo y gran amigo de Menorca, en cuya isla se había formado y donde mantenía amistades en todas las esferas. El buen resultado no se hizo esperar, y la comisión obtuvo un magnífico compromiso. En términos monetarios: 30.000 reales anuales. Los telegramas con la noticia radiante atravesaron el canal; y la euforia se apoderó enseguida de la opinión pública mahonesa. Se imprimieron poemas exultantes; y El Diario de Menorca distribuyó una hoja extraordinaria, voceada en todas las esquinas. Luego, en su número ordinario del día 9, escribió: «Ocasión es ésta, y motivo para que tributemos nuestro más vivo reconocimiento a la corporación en general y a cada uno de los señores diputados en particular, por las repetidas muestras que nos han manifestado de atender a los adelantos morales e intelectuales del país, cuya administración les ha sido confiada. […] Menorca debe congratularse de una mejora, cuyas ventajas son incalculables […]» [El Diario de Menorca, 9-8-1864, nº 1744]. Al regreso del vapor correo a la isla, el jueves día 11, los comisionados fueron recibidos como héroes, jaleados en los muelles y, al anochecer, favorecidos con serenatas de la banda de música, que les regaló acordes de alegría a las puertas de sus respectivos domicilios. No sé desde cuándo no vivía Mahón una felicidad pública semejante.

Recobrada la serenidad, una nueva reunión en la casa consistorial el día 15 de agosto concluyó con el acuerdo absoluto de proceder a la instalación del centro docente. Pero como la tramitación administrativa y la provisión de cátedras no eran requisitos a resolver en un día. «se acordó igualmente solicitar del Gobierno de S. M. la autorización para establecer entretanto un colegio agregado al instituto de Palma, de modo que en el próximo curso se pueda estudiar ya en esta ciudad el primer año de filosofía», según se leía en la prensa [El Diario de Menorca, 17-8-1864, nº 1750]. Transcurridos cuatro meses exactos, el 17 de diciembre, la aguardada nueva se difundió en estos términos: «Tenemos satisfacción de anunciar […] que el Ayuntamiento de esta ciudad ha recibido la Real Orden que se esperaba, autorizándole para establecer por su cuenta un colegio de segunda enseñanza. Nos prometemos que la ilustrada corporación se ocupará sin descanso en montar el establecimiento a la altura en que están en la mayoría de las importantes ciudades de la península, y como es necesario para corresponder al entusiasmo con que por todos fue acogido este pensamiento, que tan pronto como definitivamente se halle instalado el colegio, completarán la obra que tanto les honra, procurando la creación de un instituto, legítima aspiración de los que se interesan por el progreso de las ciencias y de las artes en esta isla» [El Diario de Menorca, 17-12-1864, nº 1853] (10).
Solemnemente, la mañana del 27 de abril de 1865 se efectuaba la ceremonia académica de inauguración del curso, el primero de bachillerato que se impartió en Mahón, bajo la dirección de Salvador María Sanz Trigueros. Esta autoridad era un alto funcionario del Subgobierno, licenciado en Jurisprudencia. Buen conocedor de las circunstancias históricas que habían marcado la historia reciente de la isla, acertó a señalar: «Levantada nuestra isla de la inmerecida postración en que la habían sumido varias vicisitudes, ha renacido vivificándose en savia intelectual, por más que medios materiales hayan favorecido su reciente progreso» [El Diario de Menorca, 29-4-1864, nº 1966]. Entretanto, entidades recreativas como el Casino Hispano habían saludado la espléndida realidad del nuevo centro con el reparto de unas hojas volanderas que contenían la expresión poética del júbilo ciudadano. Los versos finales del poema de circunstancias rezaba con esta musicalidad consonante: «Los estudios son flores / que dan al mundo su precioso fruto. / ¿No veis ya sus albores? / Rindamos, pues, tributo / al anhelado bien de un instituto» (11).

La razón sin duda asistía a Sanz Trigueros. La apertura del primer centro de secundaria bien podría representar algo así como las siete llaves al periodo de la gran depresión, que tanta penuria social y económica había hecho recaer sobre la sociedad insular entre 1820 y 1850.

Entretanto, el colegio privado y la escuela de náutica coexistieron hasta 1869. La escuela profesional quedó clausurada cuando el colegio se acogió al decreto de Ruiz Zorrilla, por medio del cual se ofrecía la posibilidad de que los colegios privados de segunda enseñanza (en el caso de Mahón, de titularidad municipal, insisto) fueran declarados institutos libres. Así sucedió en nuestro caso, por resolución aprobada en el verano de ese mismo año. Con la categoría de libre se mantuvo entre 1869 y 1874. En 1875, pasó a ser instituto oficial, hasta 1889. Definitivamente, quedó luego incorporado al Estado como centro oficial y público con fecha del 1 de enero de 1911, cuya condición sigue ostentando en la actualidad.

Este itinerario cronológico y legal del instituto, desde la hora misma de su nacimiento, contó con el apoyo expreso de la prensa; o, lo que es lo mismo, de una incipiente opinión pública. Así podemos deducirlo por la atención periodística que merecieron las sucesivas iniciativas y gestiones políticas. Un nombre, no obstante, cabe resaltar en la estrategia de forjar un estado de opinión a través del arma social del periodismo. Hablamos del médico Jaume Ferrer i Parpal (1817-1897). Su persona fue llamada por el Ayuntamiento para formar parte de la comisión de expertos que, en nombre de la corporación en pleno, recibió el encargo de estudiar la implantación de la enseñanza secundaria en Mahón (12). Si todos sus miembros trabajaron con ahínco en la redacción de informes y memoriales, Ferrer le sumó un plus personal: la elaboración de artículos de prensa, en aras a forjar un clima social favorable. Ya en fecha tan temprana como la de 1855, en las páginas de El Correo de Menorca, reflexionaba así: «Una de las mayores dificultades que ha tocado siempre esta isla, ha consistido en poder alcanzar escuelas públicas, montadas convenientemente, a fin de que todas las clases de la sociedad aprendan la primera y la segunda enseñanza con aquel aplomo y madurez que requieren los adelantos de la época. Escuelas de primeras letras, un simple profesor de náutica y algunos maestros particulares de matemáticas, pintura, latín, francés, italiano e inglés ha sido lo único conseguido hasta aquí; de modo que las demás bases fundamentales de todos los oficios, artes y ciencias que acompañan a las matemáticas, como historia natural, física y química, son generalmente desconocidas, poseyéndolas únicamente aquellas personas que por razón de sus carreras científicas, o por su gusto personal, se han dedicado a tales estudios. No es extraño, pues, que las asociaciones sean difíciles entre nosotros y las empresas tan raras».

Para Ferrer, mejorar la base formativa, de inmediato redundaba en la cualificación de la mano de obra, como idea que remarcaba la visión economicista y, por tanto, burguesa, del sistema educativo. Por ello, argumentaba su punto de vista de este modo: «Si los albañiles, los constructores de buques, los carpinteros y otros varios conociesen a fondo las leyes de la física y de la mecánica, otro sería su porte, otros sus adelantos. Si los plateros, los herreros, los sombrereros, los hojalateros y muchos más poseyesen los conocimientos que da de sí la química, mayores serían también sus adelantos […]. Por consiguiente, uno de los mayores beneficios que podría hacerse a esta isla sería que, una vez establecida la escuela especial de náutica, recientemente concedida después de ocho años que la Junta de Comercio de esta ciudad la ha estado solicitando, se procurasen ampliar las materias que deberán enseñar sus tres catedráticos y aumentar el número de éstos, hasta completar una escuela de segunda enseñanza, donde puedan ir a aprender los menorquines aquello que les convenga, o que más se relacionase con la carrera, arte u oficios que tengan que seguir» [El Correo de Menorca, 11-7-1855, nº 19].

Notemos, de las anteriores palabras, que la mentalidad burguesa pura del Mahón de aquellos años dio pábulo a la constitución de una escuela de náutica, no como finalidad, sino como estadio transitorio para llegar, tarde o temprano, a las enseñanzas medias completas. La estrategia social, económica y pedagógica columbraba lejos, en el convencimiento que sólo los institutos podían asegurar la máxima expansión del saber sobre el conjunto de las actividades laborales y de los oficios comunes de cualquier población. Por más que una escuela de náutica contribuía a la revitalización de la economía portuaria de Mahón, por medio de la cualificación de pilotos y del estímulo comercial, la sociedad liberal de entonces deseaba favorecer el modelo productivo en su profunda complejidad y en su conjunto, así sobre los futuros trabajadores manuales y técnicos, como sobre los jóvenes intelectuales que acabarían ingresando en las etapas universitarias de las que habrían de salir ciertas élites imprescindibles: médicos, juristas, boticarios, ingenieros, militares de carrera, y otros.
Años después, en 1868, cuando ya había abierto sus puertas el colegio privado, Ferrer insistía: «Está por consiguiente fuera de duda que tanto Dios como los legisladores consideran la enseñanza y la educación como las bases de toda buena sociedad; y que estas bases no deben limitarse a una mitad del género humano, sino que es preciso extenderla hasta cierto punto a la mujer […] ¡Educar a los
niños! ¡Enseñar al que no sabe! ¿Puede darse cosa más útil, más necesaria, más indispensable?» [El Diario de Mahón, 8-3-1868, nº 7].

Ferrer se sabía un pionero en la defensa a ultranza del establecimiento de un sistema educativo completo en los dos tramos anteriores a los grados universitarios. Dice: «Fundados en estas máximas y defensores acérrimos del trabajo, de la enseñanza y de la buena educación, cual obreros de una sociedad que por dichos medios nos ha colocado en el puesto que ocupamos, tenemos la vanagloria de haber sido los primeros que, como individuos de la Junta Local de Instrucción Primaria de esta ciudad, propusimos la creación de un instituto de 2ª enseñanza, tan luego de publicada la ley de instrucción pública de 1857. Diez años han transcurrido desde entonces; y a pesar de haberse escrito tres o cuatro memorias sobre el particular, a pesar de haber mediado con grande empeño nuestro apreciado ex diputado a Cortes D. Francisco de Paula Vassallo y nuestro incansable ex Subgobernador D. Fermín Abella, sin embargo de haberlo solicitado con decisión nuestro Ayuntamiento y de haberse alcanzado una real orden concediéndose la facultad de establecer dicho instituto, demos gracias de poseer un colegio de 2ª enseñanza sostenido por la municipalidad y que comprende ya los cuatro primeros años. ¿Pararán aquí nuestros afanes? ¿Se establecerá para el año que viene el quinto? Ya sea en colegio, ya en instituto, mucho tendrán que agradecer al actual Ayuntamiento la población, y, en especial, los alumnos de cuarto año, si conseguimos ir aumentando las cátedras de segunda enseñanza a medida que las necesidades lo exijan, como se ha ido practicando hasta aquí y debemos todos esperar» [El Diario de Mahón, 8-3-1868, nº 7].

Algo de proféticas tenían las palabras de Ferrer. El tiempo, muy lejos de enfriar los anhelos, se habría de convertir en la fragua para modelar la obra educativa que le estaba encomendada al centro docente de Mahón. Y en ello, algo tuvo que ver el magno puerto, tantas veces mitificado, pintado o poetizado. Las reclamaciones educativas habían esgrimido la necesidad de relanzar los valores portuarios y económicos de la ciudad y por extensión de Menorca entera. Pero lo cierto fue que ese idealizado renacimiento del puerto como marco de unas nuevas atarazanas, de un segundo florecimiento del comercio exterior y los negocios mercantes tal y como lo soñaban quienes alimentaban, todavía a mediados del XIX, una añoranza retrospectiva de la historia local, acabó reorientado, en realidad, hacia un desarrollo en consonancia con los postulados de las revoluciones liberal-burguesas y, a la vez, de la revolución industrial. En ese, digamos, nuevo orden de cosas, tengamos la seguridad de que el instituto resultante se erigió en un buen foco de cultura para su zona geográfica. Y también de ciencia. Muy lejos de actuar de mero aulario, el centro encontró de inmediato una dimensión compleja: la enseñanza en sí misma, ser crisol de cierta investigación, formar fondos documentales, habilitar una biblioteca, abrir gabinetes de ciencias naturales y físico-químicos, e incluso convertirse en un campo de prácticas agrícolas, como fue el caso de Mahón. En sintonía plena con el preámbulo de la Ley Moyano de 1857, también los mahoneses advirtieron preclaramente que «la enseñanza de la juventud no es una mercancía que puede dejarse entregada a la codicia de los especuladores, ni debe equipararse a las demás industrias en que domina sólo el interés privado. Hay en la educación —concluía Moyano— un interés social». Los mahoneses lo suscribían sin pestañear.

No obstante lo anterior, cabe insistir en una idea expuesta al comienzo de esta disertación. Quizá el puerto como leitmotiv, por sí sólo, no hubiese bastado para coronar el éxito. A mi parecer, junto a este factor geográfico, y junto al grado de energía que supo desencadenar la mentalidad burguesa y el juego entre liberalismo y renovación económica; además, digo, de esta trilogía de causas, hubo otra muy determinante: la insularidad. El Ayuntamiento de Mahón siempre alegó que actuaba en su reivindicación movido por el deseo de allanar el proceso formativo a los jóvenes, en un sentido práctico y doméstico. Disponiendo de un centro en Menorca, las familias medias se aseguraban una oportunidad cierta y real para sus hijos. De otra manera, se veían obligados a trasladarlos a la capital de la provincia —o a la península— con cargo a la economía familiar; y, además, a verlos sometidos un tiempo a la incerteza personal y moral que suponía permanecer fuera de la protección de los padres, entre los 10 y los 16 años. Por lo tanto, asegurar cierta baratura de costes, conservar la tutela familiar directa y vencer la insularidad fueron factores determinantes para lo que cabe calificar como final socialmente feliz a la espantosa sarta de décadas de hundimiento y quiebra económica como habían jalonado la primera mitad del siglo XIX.

Este fue el llamamiento de quien sería el primer vicedirector, Cardona i Orfila, aquel verano de 1864: «Padres de familia, que, hasta el día, cual si sufrierais las tristes consecuencias de cierto anatema, habéis tenido el doloroso sentimiento de ver cerradas las puertas de toda carrera científica y literaria para vuestros hijos, dotados tal vez por el Criador de superior talento; bien fuere porque llevados del justo afecto que les profesabais, temisteis con razón los males físicos y morales a que los exponíais, atendida su tierna edad separándolos de vuestro lado para mandarlos a un establecimiento de fuera de la isla; o bien porque no obstante de contar donde fuere con personas tan interesadas en el bien de vuestros hijos como vosotros mismos, carecíais de recursos suficientes para soportar los gastos que se hacen en ajeno país y casa extraña: oíd en este momento la voz de un amigo que habéis visto nacer». Era un amigo —agregaba el sacerdote y científico— «que les dejarán hábiles para recibir desde luego el bachillerato en Artes, y poder aspirar después a todas las facultades mayores, y casi todas las carreras literarias y profesionales abiertas en España […]. Jóvenes y niños menorquines —concluía— […]: matriculaos al colegio agregado y concluid sus estudios dignamente, que pronto os tenderán sus amorosos brazos las facultades superiores: la Teología, la Jurisprudencia, la Medicina, la Farmacia, la Filosofía y Letras, las Ciencias físicas, naturales y exactas; y podréis entregaros con esperanzas de un porvenir risueño a la que os sintáis más llamados» (13).

Hoy recordamos, pues, una efeméride sesquicentenaria que contiene una importancia del altos valores. Aquel centro de secundaria para Mahón irrumpió con una consecuencia inaudita, en el contexto social y cultural de la Menorca de los años centrales del ochocientos. Disponer del instituto ya no supuso únicamente la oportunidad para enviar a los niños a la escuela a aprender a leer, escribir, contar y asimilar doctrina cristiana; no fue sólo un camino para preparar a los adolescentes y jóvenes hacia las carreras universitarias, sino, medularmente, para afirmarlos en una sociabilidad esencial, por medio de un proceso que comenzaba a distinguir entre educación y simple instrucción. Fue sobre todo la burguesía mahonesa la que defendió que la educación debía generalizarse en los planes sociales, incluso como un deber ante la historia. Sin educación —pensaba aquella clase social—, sería en vano esperar la mejora de las costumbres; y sin éstas, las mejores leyes se antojaban inútiles, y con ellas, la siempre porfiada felicidad de los ciudadanos.

Con echar una ojeada simple a la lista de matriculados en el primer año académico del colegio de secundaria, advertimos los criterios acertados que defendían las autoridades municipales y las clases burguesas de Mahón. La matrícula llegó a los 43 alumnos —los primeros en poblar las aulas del centro. Pues bien, celebrados los exámenes finales el 30 de junio de 1865, bajo la presidencia académica de Francisco Manuel de los Herreros, más del 50% superaron las pruebas con muy altas calificaciones. Hubo 23 casos de alumnos con “notablemente aprovechado” o “sobresaliente”. De ese grupo selecto, acabaron saliendo dos maestros de música y compositores; un farmacéutico (por cierto, hijo del médico Ferrer y Parpal del que hemos hablado); dos periodistas; un notario; un registrador de la propiedad; dos médicos; varios abogados, y una relación de cinco o seis casos de administradores de las propiedades familiares como hacendados agropecuarios. En suma, elementos de las élites sociales en estado puro para la segunda mitad del siglo.

Después de 55.000 días de desarrollo educativo de la mano del instituto de secundaria de Mahón, es incuestionable —y admirable— la contribución hecha al progreso moral y formativo de una isla entera, hoy erigido en el centro decano de la historia educativa de una isla, como Menorca, que abraza el progreso como respuesta radical a los desafíos que le impone la insularidad. Según demuestra la experiencia menorquina, la insularidad, en su caso, no sólo no la somete condenada al puro empobrecimiento, sino que la espolea hacia conquistas inauditas, a hechos inverosímiles. De lo contrario, que hablen sin falsa modestia los ciento cincuenta años de la gran obra del instituto Joan Ramis i Ramis de Maó.

Que sea, señoras y señores, por muchos años más.

1 Valga la expresión “fundación administrativa” para referirnos a la orden gubernamental que otorgó al Ayuntamiento de Mahón el derecho legal a fundar un centro de segunda enseñanza. Otra cosa fue la puesta en marcha de la actividad lectiva, la constitución de las primeras cátedras y, en definitiva, el comienzo de las clases regularmente.
2 Una valiosa serie bibliográfica de trabajos disponemos para repasar la historia de las enseñanzas medias en Menorca, particularmente en lo que atañe al instituto de Mahón. Los títulos imprescindibles son: El Instituto de Mahón, conquista de una sociedad, de MACIÁN CÓLERA, Vicente, Editorial Menorca, 1998; El sistema educatiu a Menorca (1800-1939), de MARTÍN JIMÉNEZ, Ignacio, IME, 2000; La enseñanza superior en Mahón, de FERRER ALEDO, Jaume, Col. Capcer, nº 26, IME, 2013; i «Els orígens de l’ensenyament secundari públic a Menorca: de l’Escola de Nàutica a l’Institut lliure de Segon Ensenyament, 1855-1869», de MOTILLA SALAS, Xavier, en la revista mallorquina de pedagogía Educació i Cultura, nº 18, UIB, 2005, págs., 25-38.
3 Los institutos aceptados por el Estado para ciudades no capitalinas fueron: Baeza (Jaén), Cabra (Córdoba), Cartagena (Murcia), Figueres (Girona), Gijón (Oviedo), Jerez (Cádiz), Reus (Tarragona), Santiago de Compostela (A Coruña), Mahón (Menorca).
4 Por sendos decretos de 22-6-1825 y 17-9-1825, el rey permitió circunstancialmente que se llevaran a cabo operaciones de introducción cerealística por parte de los mercantes menorquines sobre territorio insular. En el primer caso, por un tiempo de dos meses, «pagando por todos derechos diez reales de cada fanega, que serán aplicados a la composición y expedición de buques de guerra, sin poderse emplear en ningún otro objeto». En el segundo caso, «atendiendo a las circunstancias en que se halla la Isla de Menorca, accedió S. M. al solicitado permiso de introducir 187.500 fanegas de trigo extranjero, y 31.250 de legumbres de bandera española, pagando el derecho a 10 reales de vellón en fanega».
5 La intervención parlamentaria completa de Vassallo fue reproducida por El Diario de Menorca, 1-6-1864, nº 1684, pg. 2.
6 Véase, para más detalles sobre la coyuntura económica, CASASNOVAS CAMPS, Miquel Àngel, Història de Menorca, Editorial Moll, Palma, 2005, págs. 380 y siguientes.
7 Como referencia, véase el reportaje de MANGUÁN, Josep, titulado «Continguts de l’ensenyança secundària a Maó, dos-cents anys enrere», en el diario Menorca, 11-11-1995, pg. 13.
8 En la capital catalana, Cook colaboraría en la fundación del diario El Vapor (1833-1837), cuyo papel en la penetración en España del movimiento romántico resultó primordial.
9 Todo ello, claro, sin que los alumnos se viesen obligados a cursar los estudios fuera de Menorca; o que, en el mejor de los casos, los hicieran por medio de clases particulares privadas, para revalidar luego sus exámenes en Cartagena.
10 La Real Orden, no obstante, llevaba la fecha de 25 de noviembre de 1864. El curso académico, oficialmente, no se inauguró hasta el 27 de abril de 1865, con la correspondiente ceremonia.
11 Se trata de una composición anónima, aparecida en El Diario de Menorca el 16-8-1864, nº 1749, pg. 3.
12 La comisión externa designada por el Ayuntamiento de Mahón la compusieron los letrados Josep Soler i Siquier i Bernat J. d’Olives i Seguí, y el médico Jaume Ferrer i Parpal.
13 Véase el artículo de prensa titulado «Instituto», en dos entregas, escrito por Francisco Cardona y Orfila en El Diario de Menorca, los días 30-8-1864 y 31-8-1864, nos 1761 y 1762, págs. 2 y 3, respectivamente.

Miquel Àngel LIMÓN PONS
Dr. en Periodismo. Miembro del Institut Menorquí d’Estudis.
30 de abril de 2015. Conmemoración del 150 aniversario del IES Joan Ramis i Ramis de Maó

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